miércoles, 21 de mayo de 2008

Zam

Zam llegó tarde ese día, pero encontró un lugar más en el fondo de donde yo estaba sentada. Y no fue desapercibida su pasada. No tenía algo en particular, pero inmediatamente le atribuí la categoría de chico raro. No sé muy bien los criterios de lo raro, pero el pelo blondo y la barba larga y medio pelirroja, me daban motivos.

Lo seguí viendo un tiempo más, y me gustaba observarlo. Era callado, pero hablaba y daba en la tecla. Zam era solitario, un poco ermitaño, pero si te acercabas no mordía.
Una vez por semana lo veía en las clases, yo le daba unos años más de los que en verdad tenía, y eso no encajaba con Zam, por eso, repito, era raro.

Y una vez, sacó un libro mientras alguien explicaba el capítulo 4. La curiosidad me mató y me asomé para ver que leía, pero él se adelantó, pícaro y sencillo, y me dijo: “mitología nórdica”. Siguió leyendo el libro todas las clases, cada vez que había un “bache”. A Zam le fue mejor que a mí.

Mucho tiempo antes, yo iba caminando por una plaza, y ví a una chica sola sentada en un banco leyendo un libro, la tapa me era familiar pero no me acordaba cuál era. Por la plaza andaba girando un músico, con un par de instrumentos caseros, ella fue la única que lo aplaudió y, además, le tiró unas monedas.

Espero, que en algún lugar, Zam, el raro, se encuentre con esa chica que leía Barthes un sábado a la tarde.

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