martes, 24 de junio de 2008

Fuga hacia el Imperio Blanco

Entre correr un riesgo y cometer un error hay una diferencia. Y Hitler se equivocó. ¿Saben por qué falló el ejército alemán en la segunda guerra mundial?

Por el invierno ruso.

No se lo esperaba, no lo previó o no entraba en su psiquis perder. Y su mega ambición imperial murió, como sus soldados, quedando fría y enterrada.

Si las guerras de trincheras no hubiesen sido superadas por "aviones fantasmas" ni otros inventos tecnológicos creados para el mismo servicio perverso que una simple arma de fuego, a ningun país se le ocurriría hoy mandar sus soldados a pelear en un invierno ruso.

La historia lo demuestra. Rusia gana.

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Por eso lo elegí. Es el destino. Donde nadie se atreva a ir a buscarme cuando el frío quema y el viento hiela. Donde los pies y las manos se duermen mientras los labios se resquebrajan.

Ahí voy, a donde Bajtin y Voloshinov le dan sentido a mi escape, a donde Chejov me relata una historia mientras dejo huellas en la espuma y a donde Gogol me abriga para apaciguar la helada.

Despacito, bajando las escaleras de un Acorazado Potempkin, hasta llegar a la puerta de un Palacio.

Y si me encuentro con alguien más suceptible que yo, mientras me deslumbro con un ballet, es que alguien se atrevió a ir a buscarme. Rusia gana.

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